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Albañiles

"Los Tres Albañiles"

El viajero se acercó a aquel grupo de albañiles y pregunto:

(Al primero) Que estas haciendo?
R/: Ya ves, aquí, sudando como un idiota y esperando que llegue la hora de salida para irme a casa.

(Al segundo) Que estas haciendo?
R/: Aquí ganándome mi pan y el de mis hijos.

(Al tercero) Que estas haciendo?
R/: Estoy construyendo una catedral.

He pensando muchas veces en esta vieja historia, porque realmente los hombres no hacemos lo que materialmente realizan nuestras manos, sino aquello hacia lo que camina nuestro corazón.  Y así es como tres albañiles pueden poner los mismos ladrillos, pero mientras uno convierte en sudor, otro los vuelve pan y el tercero eternidad.

Por eso pienso que habría que reivindicara mucho más el "sentido" de las cosas que las cosas misma; habría que preguntarse mucho más por la dignidad interior del trabajador que por el mismo valor material del trabajo.

Me temo que esa dignidad de la obra bien hecha, porque es una obra amada; sea algo que este muriendo en nuestro tiempo.  La vida se nos ha vuelto tan monetarista, que al final ya cuenta con únicamente su rendimiento y no su perfección y plenitud.  Quién más, quién menos, todos trabajamos porque ése es nuestro oficio, porque de eso vivimos o tal vez porque no tenemos otra cosa de qué vivir.  Pero, ¿Dónde está el amor a la propia obra, el esfuerzo por hacer el oficio bien, aunque luego nadie aprecie su calidad?  El demonio del apuro ha hecho presa en nosotros... La mediocridad se ha vuelto el ideal de la obra perfectamente cómoda.

Le decís a un muchacho: "Aprovecha el verano para leer".  Y te contesta: "Y eso, ¿para que sirve? Después añade: "La vida es corta y hay que aprovecharla para divertirse".  Con lo qué naturalmente, no consigue alargarla, pero logra que sea, además de corta, estrecha.

Todo en nuestra civilización incita a la facilidad, a la mediocridad.  Recuerdo que hace años a no sé qué genio publicitario se le ocurrió promover la lectura con un grotesco lema:

"UN LIBRO AYUDA A TRIUNFAR"

¿A triunfar?  A mí, Lope de Vega nunca me ayudó a triunfar.  Me ayudo a ser feliz, a entender el mundo y la vida, a zambullirme en el gozo de una vida más honda.  Pero ¿a triunfar? A eso ayudan - dicen- los automóviles de lujo, las colonias que embriagan con su perfume, quién sabe cuántas tonterías más.  Yo prefiero los triunfos interiores, el aprender cada día a conocer mejor, el estirar el alma, el podes descubrir nuevos continentes humanos en los corazones de la gente, el esfuerzo diario por "ser" más.

A veces -ya lo sé- este afán por elevarse conduce a una cierta soledad.  Recuerdo aquella historia del pájaro que llevaba un trozo de carne en el pico y que era perseguido por una bandada de cuervos que se lo disputaban.  Cuando en uno de los giros de su huida la carne cayó al suela, pronto se sintió solo, porque quienes le seguían no lo hacían por él, sino por la carne que llevaba. Y, al fin, pudo volar libre.  Y solo.  Y feliz.

Y así es cómo cada vez me convenzo más que no hay sino una sola forma de genialidad:  la concentración del alma en un solo proyecto, la búsqueda apasionada de algo que se ama, dejando de lado las muchas tentaciones que a todos nos salen a derecha e izquierda.

Si todos los hombres amasen en serio su tarea -por pequeña que fuera- el mundo cambiaría.  Si el zapatero hiciese bien sus zapatos por el placer de hacerlos bien; si el escritor luchara por expresarse plenamente, despreocupándose del éxito y del aplauso; si los jóvenes construyeran sus almas, no permitiéndose ni un solo descanso por la duda de si llegarán a emplearlas; si la gente amase sin preguntarse si su amar será agradecido; si los hombre ahondase sus ideas y las defendiesen con nobleza sin preguntarse cuántos las comparten; si los políticos hicieran bien su oficio de servidores, despreocupándose de las próximas elecciones; si los creyentes fueran consecuentes con su fe, sin angustiarse por las modas de cada tiempo; si hombres y mujeres cuidasen más la catedral que construyen, que el sudor que les cuesta...; si todo eso pasase ya no tendríamos motivos para quejarnos de lo mal que va el mundo, porque tres mil millones de hombres orgullosos de lo que hacen habrían vuelto habitable la tierra.  Y todos serían, más felices.  Porque creo que no he dicho que en la historia con que he abierto este artículo el viajero descubrió que el único albañil que sonreía era el que construía la catedral, sin preocuparse del sudor y olvidado del pan.

Autor Anónimo (Si lees esto y es de tu autoría comunícate).

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